
En el verde del Parque de Portofino se esconde un monasterio benedictino realmente singular: la Abadía de San Fruttuoso, una maravilla arquitectónica armoniosamente insertada en un escenario natural de una belleza que quita el aliento.
Quién sabe si, como dice la leyenda, fue el mismo San Fruttuoso quien indicó el lugar donde debían custodiarse sus reliquias. Lo cierto es que la minúscula Bahía de Capodimonte (a menudo indicada más simplemente como Bahía de San Fruttuoso) era perfecta para albergar un importante lugar de culto: de difícil acceso, no visible desde lejos y dotada de una fuente de agua dulce.
Esta feliz combinación de factores hizo posible la construcción de un edificio muy sugestivo que a lo largo de los siglos fue primero monasterio, luego guarida de piratas, refugio para pescadores y finalmente propiedad de los príncipes Doria; en 1983 fue donado al FAI, restaurado y hoy abierto al público.
La llegada por mar es una experiencia emocionante: doblado el espolón de roca de Punta Chiappa, la torre de la abadía asomará entre la densa vegetación y poco a poco la iglesia se revelará en toda su belleza.
Llegar a pie es mucho más agotador, pero cuando el calor y las cuestas estén a punto de venceros este lugar mágico os atraerá hacia sí. También en este caso se revelará gradualmente, pero os bastará una sola mirada para quedar cautivados por su única mezcla de misterio, elegancia y solemnidad.
El programa de una excursión ideal a la Abadía de San Fruttuoso incluye la visita al complejo monástico, algunas horas de sol en la playa y finalmente un poco de merecido descanso en el pueblo.

El complejo monástico de San Fruttuoso es único en su género: aunque inmerso en el verde y el silencio de los bosques como tantos otros monasterios medievales, se caracteriza por su singular ubicación a orilla del mar.
El núcleo originario fue construido entre los siglos X y XI, en el XII se añadió el claustro, posteriormente modificado por los príncipes Doria. La torre original es del siglo X, pero fue posteriormente superpuesta por una torre octogonal (la que admiramos hoy).
El cuerpo que se asoma al mar es la imagen más conocida de la abadía: añadido en el siglo XIII, se caracteriza por dos órdenes de ventanas trilobuladas que lo hacen parecer un palacio nobiliario.
Durante la visita también podréis ver las antiguas tumbas de la familia Doria que datan del período 1275-1305 y un sarcófago romano.
Después de visitar la abadía podéis relajaros en la pequeña playa frente a ella y bañaros en las aguas transparentes de la bahía. La playa de San Fruttuoso es una estrecha franja de guijarros entre los edificios del complejo monástico y el mar; se divide en una parte equipada y otra libre.
Durante las horas centrales del día siempre está muy concurrida, por lo que os recomendamos llegar temprano para disfrutar de la belleza del lugar con más tranquilidad. Aunque la encontréis llena de gente no podréis evitar enamoraros de ella: pocas otras playas en el mundo pueden presumir de un marco tan sugestivo.
Si os encantan las inmersiones, podéis sumergiros a 10-15 metros de profundidad para admirar de cerca el Cristo de los Abismos, una estatua de bronce que representa a Jesús con las manos extendidas hacia arriba, forjada para conmemorar las víctimas del mar y convertida en un popular sitio de buceo así como en una espectacular ubicación para bodas submarinas.
No importa si no sois buceadores: la transparencia del agua hace posible ver la estatua incluso sin sumergirse.
Una vez visitada la abadía y tomado el sol en la playa frente a ella queda poco que hacer en San Fruttuoso, sin embargo os sugerimos encarecidamente que no os vayáis precipitadamente del pueblo, como hace la mayoría de los turistas, sino que os quedéis el máximo tiempo posible, idealmente hasta el último barco.
El pueblo no es más que un pequeño grupo de casas reunidas alrededor del monasterio: es un lugar mágico que se muestra en todo su esplendor cuando las multitudes de turistas se han ido y el silencio vuelve a reinar.
Hay un par de locales donde es posible comer algo, pero no hay tiendas: tened esto en cuenta si preferís un almuerzo para llevar.
No hay hoteles o bed and breakfast en el pueblo de San Fruttuoso, con excepción de una residencia de encanto gestionada por el FAI. La localidad forma parte del municipio de Camogli: basta trasladarse al centro de la ciudad o a las colinas circundantes para encontrar una buena selección de alojamientos; Portofino está aún más cerca, pero los precios de hoteles y bed and breakfast son más altos. Como alternativa, podéis alojaros en Santa Margherita Ligure.
Muchos viajeros visitan la Abadía de San Fruttuoso en una excursión de un día desde Génova o desde los destinos turísticos más famosos de la Riviera de Levante: eligiendo estas localidades como base de partida podréis contar con una amplia selección de alojamientos para todos los presupuestos.
La forma más sencilla de llegar a la Abadía de San Fruttuoso es por mar. Los barcos turísticos salen todo el año desde Camogli; en los meses de verano hay barcos en servicio desde Recco, Portofino, Santa Margherita Ligure, Rapallo, Sestri Levante, Lavagna, Chiavari y Génova.
Otra posibilidad es llegar a San Fruttuoso a pie recorriendo los senderos del Parque Natural de Portofino, pero se necesitan zapatos adecuados y una buena forma física; se desaconseja esta opción a quienes viajan con niños pequeños.
Para quienes viajan en tren la estación más cercana es Camogli-San Fruttuoso, situada en el centro histórico del municipio a solo 550 metros del embarcadero de los barcos.
No es posible llegar a San Fruttuoso en coche.
El pueblo de San Fruttuoso forma parte del municipio de Camogli, una localidad de la Riviera de Levante ubicada al oeste del promontorio de Portofino, a unos 20 km de Génova.